Pieles negres, máscaras blancas: Introducción

Pieles negres, máscaras blancas

El presente texto es una apropiación y una intervención crítica y creativa de corte feminista y contemporáneo al libro Piel Negras, Máscaras Blancas del autor Franz Fanon, según traducida por Ana Useros Martín.

Hago público en este blog el proceso hacia la construcción de lo que será un libro de artista.

Esta es la primera entrada.

Raquel Torres-Arzola, San Juan, Puerto Rico, 2020

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A view of “Spivak, on Marx” [Installation, 2015] A piece that address the possibilities of the text as a readymade and as a “rendezvous” by exploring the notions of encounter, repesentation and inscription.

I

Introducción

Yo hablo de millones de mujeres

a quienes sabiamente se les ha inculcado el miedo,

el complejo de inferioridad, el temblor, el arrodillamiento,

la desesperación, el servilismo.

Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo, 1950

La explosión no ocurrirá hoy. Es demasiado pronto… o demasiado tarde.

No vengo armada de verdades decisivas.

Mi conciencia no está atravesada por fulgores esenciales.

Sin embargo, con total serenidad, creo que sería bueno que se dijeran ciertas cosas.

Esas cosas, voy a decirlas, no a gritarlas. Pues hace mucho tiempo que el grito ha salido de mi vida.

Y está tan lejano…

¿Por qué re-escribir esta obra? Nadie me lo ha rogado.

Especialmente no aquellas a quienes se dirige.

¿Entonces? Entonces, con calma, respondo que hay demasiadxs imbéciles sobre esta tierra. Y como he dicho, se trata de demostrarlo.

Hacia una nueva humanisma…

La comprensión de las todas…

Yo creo en ti, sujeta…

Los prejuicios raciales, de género y de clase…

Comprender y amar…

Por todas partes me asaltan y tratan de imponérseme decenas y centenares de páginas. Sin embargo, una sola línea bastaría. Una única respuesta que dar y el problema se despoja de su seriedad.

¿Qué queremos las mujeres?

¿Qué queremos las mujeres madres, trabajadoras, negras y pobres?

¿Qué queremos las mujeres inconformes?

¿Qué queremos las mujeres en toda nuestra diversidad de géneros y sexualidades?

Aunque me exponga al resentimiento de mis hermanas, diré que las mujeres, que las mujeres no somos personas.

Hay muchas zonas de no-ser, regiones extraordinariamente estériles y áridas, rampas esencialmente despojadas, desde la que puede nacer un auténtico surgimiento. En la mayoría de los casos, las mujeres no hemos tenido la suerte de hacer esa bajada a los verdaderos infiernos.

Ser sujeta no es solamente posibilidad de recuperación, de negación. Si bien es cierto que la conciencia es actividad de trascendencia, hay que saber también que esa trascendencia está obsesionada por el problema del amor y de la comprensión. Ser sujeta es un sí vibrante de armonías cósmicas. Desgarrada, dispersa, confundida, condenada a ver disolverse una tras otras las verdades que ha elaborado, tiene que dejar de proyectar sobre el mundo una antinomia que le es coexistente.

Las mujeres, madres, trabajadoras negras, pobres e inconformes somos mujeres, madres, trabajadoras, negras, pobres e inconformes; es decir que, gracias a una serie de aberraciones afectivas, nos hemos instalado en el seno de un universo del que habrá que salir.

El problema es importante. Pretendemos nada menos que liberarnos las mujeres de nosotras mismas. Iremos muy lentamente, porque hay muchos campos entre los blancos y el resto de la humanidá.

Tenazmente interrogaremos a las dos metafísicas y veremos que, con frecuencia, son muy disolventes.

No tendremos ninguna piedad por lxs antiguxs gobernantes, por lxs antiguxs misionerxs. Para nosotras quien adora la otredad está tan enfermx como quien le abobina.

A la inversa, la otra que quiere blanquear su género, su raza o su clase y tomar el poder es tan desgraciada como quien predica el odio a la blanca.

En lo absoluto, la negritud no es más amable y en verdad se trata de dejar suelta a la totalidad.

Hace muchos años que esta obra debiera haberse re-escrito… Pero entonces las verdades nos quemaban. Hoy pueden ser dichas sin fiebre. Esas verdades no necesitan arrojarse a la cara de las todas. No quieren entusiasmar. Nosotras desconfiamos del entusiasmo.

Cada vez que lo hemos visto aflorar por algún sitio, anunciaba el fuego, la hambruna, la miseria… También el desprecio por nosotras.

El entusiasmo es el arma por excelencia de lxs impotentes.

Esas que calientan el hierro para golpearlo inmediatamente. Nosotras querríamos calentar la carcasa y partir. Quizá llegaríamos a este resultado: a las mujeres manteniendo ese fuego por autocombustión.

A las mujeres liberadas en la resistencia y horadando su carne para hallar sentido.

Solamente algunes de quienes nos lean adivinarán las dificultades que hemos tenido en la apropiación crítica y redacción de esta obra.

En una época en la que la duda escéptica se ha instalado en el mundo se hace arduo descender a un nivel en el que las categorías de sentido y de no sentido aún no se emplean.

¿Las mujeres queremos dejar de ser otras? Las blancas se empeñan en realizar su condición de hombres.

A lo largo de esta obra veremos elaborarse un ensayo de comprensión de la relación otredad-blanquitud.

Las blancas están presas en su blancura.

Las mujeres, madres, trabajadoras, negras, pobres e inconformes en su género, en su condición, en su negrura, y en su pobreza.

Intentaremos determinar las tendencias del narcicismo y las motivaciones a las que remite.

A principio de nuestras reflexiones, nos había parecido inoportuno el explicitar las conclusiones de lo que se va a leer.

La única guía de nuestros esfuerzos es la inquietud por terminar con un círculo vicioso.

Es un hecho: lxs blancxs se consideran superiores a las mujeres, a las mujeres madres, a las mujeres trabajadoras, a las mujeres negras, a las mujeres pobres y a las mujeres inconformes.

Es también un hecho: las mujeres, madres, trabajadoras, negras, pobres e inconformes no necesitamos demostrar a los blancos la riqueza de nuestros pensamientos, la potencia igual de nuestra mente.

Nosotras no estamos ahí.

Hace un momento hemos usado el término de narcicismo. En efecto, pensábamos que sólo una interpretación psicoanalítica del problema podría revelar las anomalías afectivas responsables del edificio complextual. Pero, para llegar a esta aprehensión, se hace urgente desembarazarse de una serie de ataduras, secuelas de la época infantil.

La desgracia de las mujeres, no supo decir Nietzsche, es el haber sido niñas. No obstante, no podemos olvidar, que el destino toda neurosis sigue estando en nuestras manos.

Por penosa que nos resulte esta constatación, estamos obligadas a hacerla: para las mujeres no hay más que un destino. Y es la blancura.

Antes de abrir el proceso, nos limitaremos a decir algunas cosas. El análisis que vamos a emprender es psicológico. No obstante, para nosotros sigue siendo evidente que la verdadera desalienación de las mujeres implica una toma de conciencia abrupta de las realidades económicas y sociales. Si hay complejo de inferioridad, éste se produce tras un doble proceso:

– económico, en primer lugar;

– por interiorización o, mejor dicho, por epidermización de esta inferioridad, después,

Como reacción contra la tendencia constitucionalista de finales del siglo xix, Freud, mediante el psicoanálisis, pedía que se tuviera en cuenta el factor individual. Sustituía una tesis filogenética por la perspectiva ontogenética. Veremos que la alienación de las mujeres no es una cuestión individual. Junto a la filogenia y la ontogenia, está la sociogenia. En cierto sentido, digamos que de lo que se trata aquí es de un sociodiagnóstico.

¿Cuál es el pronóstico?

Pero la sociedad, al contrario de los procesos bioquímicos, no se hurta a la influencia de la humanidá. Las mujeres somos también eso por lo que la sociedad llega a ser. El pronóstico está entre las manos de aquellas que bien querrían sacudir las raíces carcomidas del edificio.

Las mujeres hemos de luchar sobre los dos planos: puesto que, históricamente, se condicionan, toda liberación unilateral es imperfecta, y el peor error sería creer en su dependencia mecánica. Por otra parte, los hechos se oponen a semejante inclinación semántica. Nosotras lo demostraremos.

La realidad, por una vez, reclama una comprensión total. Sobre el plano objetivo tanto como sobre el plano subjetivo, debe aportarse una solución.

Y no merece la pena venir con aires de “cangrejera ermitaña” y proclamar que de lo que se trata es de salvar el alma.

No habría auténtica desalienación más que en la medida en que las cosas, en el sentido más materialista, hayan recuperado su lugar.

Es de buena educación prolongar las obas de psicología con un punto de vista metodológico. Vamos a faltar a la costumbre. Dejamos los métodos a las botánicas y las matemáticas. Hay un punto en el que las metodologías se reabsorben.

Queríamos situarnos. Trataremos de descubrir las distintas posiciones que adopta la otredad frente a la civilización blanca.

Aunque no se tratará aquí de la “salvaje, histérica, loca o irracional”. Aunque para ellas muchos elementos tienen peso.

Consideramos que, por el hecho de la presentación de lo que desde la modernidad colonialista hemos considerado como razas y, se ha apelmazado un complexus psicoexistencial. Mediante el análisis, nosotras apuntamos a su destrucción.

Muchas otras no se reconocerán en las líneas que siguen.

Paralelamente, tampoco muchas blancas.

Pero el hecho de que yo me sienta ajena al mundo de la esquizofrenia o al mundo del violento sexual no ataca su realidad.

Las actitudes que me propongo describir son verdaderas. Me las he encontrado un número incalculable de veces.

En todas identificamos el mismo componente de agresividad y pasividad.

Esta obra es un estudio crítico de un estudio clínico. Las que se reconozcan en ella habrán dado un paso adelante. Queremos verdaderamente conducir a nuestras todas mujeres, madres, trabajadoras, negras, pobres e inconformes – también a las blancas, quizás – a sacudir lo más enérgicamente posible el lamentable hábito creado por siglos de incomprensión.

La arquitectura del presente trabajo se sitúa en la temporalidad. Todo problema nosotras todas pide ser considerado a partir del tiempo. Lo ideal sería que el presente sirviera siempre para construir la futura.

Y esa futura es la de nuestro siglo, la de nuestro país, la de nuestra existencia. De ninguna manera deberíamos proponernos – quizás – preparar el mundo que vendrá detrás de nosotras.  Pertenecemos irreductiblemente a nuestra época.

Y debemos vivir para ella. La futura debe ser una construcción sostenida de las mujeres que existimos hoy y aquí.

Esta edificación se apega al presente en la medida en la que planteamos esto último como algo que sobrepasar.

Los tres primeros capítulos se ocupan de la otredad moderna. Nos tomamos a nosotras mismas, a las mujeres de la actualidad y tratamos de determinar nuestras actitudes en el mundo blanco. Los dos últimos se consagran a una alternativa de explicación psicopatológica y filosófica de nuestra existencia, la existencia de las mujeres.

El análisis es sobre todo regresivo.

Los capítulos cuarto y quinto se sitúan en un plano esencialmente distinto.

En el cuarto capítulo decidimos obviarlo para hacer frente al capítulo más importante.

El quinto capítulo, que hemos titulado “La experiencia vivida de las mujeres”, es importante en más de un sentido. Muestra la otredad frente a su condición moderna. Se darán cuenta las lectoras de que no hay nada en común entre la otredad de ese capítulo y las que buscan acostarse y vivir entre la blancura. En este último capítulo volvemos a ver el deseo de ser blancas. Una sed de venganza, en cualquier caso. Aquí, por el contrario, asistimos a los esfuerzos desesperados las mujeres que se empeñan en descubrir el sentido de sus identidades. La supuesta “civilización blanca”, la cultura primermundista, moderna y colonialista les han impuesto a las mujeres una desviación existencial. Probaremos en otro lugar que, a menudo, eso que se llama el alma negra es una construcción blanca.

Las mujeres que se piensan evolucionadas, esclavas del mito de la otredad como un mito espontáneo, cósmico, sienten en un momento dado que la raza, género o identidad que les ha sido designada no las comprende.

O que ellas ya no la comprenden.

Entonces se felicitan y, desarrollando esa diferencia, esa incomprensión, esa disarmonía, encuentran el sentido de su humanisma. O, más raramente, quieren ser de su comunidá. Y con la rabia en los labios y véritgo en el corazón se adentran en el gran agujero de la negritud. Veremos que esa actitud tan absolutamente bella rechaza la actualidad y el porvenir en nombre de un pasado mítico.

Siendo nosotras de origen antillano, nuestras observaciones y conclusiones sólo son válidas para las Antillas, al menos en lo que concierne a las mujeres en su tierra colonizada y colonial. Se tendría que dedicar un estudio a la explicación de las divergencias que existen entre las antillanas, las africanas, las estadounidenses y mujeres, madres, trabajadoras, negras, pobres e inconformes en las diásporas. Puede que lo hagamos algún día. También puede ser que se vuelva inútil, algo de lo que sólo podríamos congratularnos.

– Raquel Torres-Arzola, 2020. Todos los derechos reservados.

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