AIME CESAIRE: Discurso sobre el colonialismo (fragmento)

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(Aimé Césaire. Martinica, 1913 – Fort-de-France, ibídem, 2008)

Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita, es una civilización decadente.

Una civilización que decide cerrar los ojos a sus problemas cruciales, es una civilización enferma. Una civilización que escamotea sus principios, es una civilización moribunda.

El hecho es que la civilización llamada “europea”, la civilización “occidental”, tal como la configuran dos siglos de régimen burgués, resulta incapaz de resolver los dos mayores problemas a que su existencia misma ha dado origen: el problema del proletariado y el problema colonial; que, llamada a comparecer ante el tribunal de la “razón” o el de la “conciencia”, esta Europa se revela impotente para justificarse, y que, a medida que pasa el tiempo, se refugia en una hipocresía tanto más odiosa cuanto menos posibilidades tiene de engañar a nadie.

Europa es indefendible.

Esta parece ser la conclusión que se confían al oído los estrategas norteamericanos.

Eso, en sí mismo, no es grave. Grave resulta que Europa sea moral y espiritualmente indefendible.

Y hoy día ocurre que no son sólo las masas europeas las que la incriminan, sino que, en escala mundial, esta misma acusación es proferida por decenas y decenas de millones de hombres que desde lo más profundo de la esclavitud se erigen en jueces.

Pueden asesinar en Indochina, torturar en Madagascar, encarcelar en el África Negra y arrasar en las Antillas. En lo adelante, los colonizadores sabrán que tienen por sobre los colonialistas una ventaja. Saber que sus “amos” circunstanciales mienten.

De modo que son débiles sus amos.

Y ya que tengo que hablar de colonización y de civilización, vayamos directo a la mentira principal a partir de la cual proliferan todas las demás, ¿Colonización y civilización?

En este asunto, la más común de las desgracias es la de servir de hazmerreír de una hipocresía colectiva, hábil en eso de plantear mal los problemas para mejor legitimar las detestables soluciones que se les brindan.

Esto es tanto como decir que aquí lo esencial es ver claro, pensar claro (léase peligrosamente) y responder claro a la inocente pregunta inicial: ¿qué es en principio la colonización? Ponerse primero de acuerdo en lo que no es: ni evangelización, ni empresa filantrópica, ni voluntad de hacer retroceder las fronteras de la ignorancia, de la enfermedad, o de la tiranía, ni propagación de Dios, ni difusión del Derecho; admitir, de una vez y por todas, sin tratar de evadir las consecuencias, que aquí la última palabra la dicen el aventurero y el pirata, el gran almacenista y el armador, el buscador de oro y el comerciante, el apetito y la fuerza, seguidos de la sombra amenazadora y maléfica de una forma de civilización que en un momento de su historia se descubre íntimamente obligada a extender al plano mundial la competencia de sus economías antagónicas.

Siguiendo con mi análisis, yo creo que la hipocresía data de fecha reciente: que ni Cortés cuando descubre México desde lo alto del gran teocalli, ni Pizarro frente al Cuzco (mucho menos Marco Polo frente a Cambalue), se quejan de ser los proveedores de un orden superior: que maten, que saqueen; que lleven cascos, lanzas y codiciosos propósitos; que los impostores vinieron después; que el máximo responsable de esto es el pedantismo cristiano, por haber planteado las deshonestas ecuaciones de cristianismo-civilización, paganismo-salvajismo, de las que no podían por menos que desprenderse abominables consecuencias colonialistas y racistas cuyas víctimas serían los indios, los amadlos y los negros.

Aclarado esto, admito entonces que poner en contacto las diferentes civilizaciones es bueno; que es excelente casar mundos distintos; que una civilización, cualquiera que sea su íntimo genio, al replegarse en sí misma, se marchita; que el intercambio sirve en este caso de oxígeno, y que la gran suerte de Europa está en haber servido de encrucijada, y que, por haber sido centro geométrico de todas las ideas, receptáculo de todas las filosofías, albergue de todos los sentimientos, se ha convertido en el mejor de los generadores de energía.

Ahora bien, yo hago la siguiente pregunta: ¿es que en realidad la colonización ha puesto en contacto? O, si se prefiere, de todas las formas de establecer contacto, ¿era ésta la mejor?

Yo digo que no.

Y digo que de la colonización a la civilización la distancia es infinita; que, de todas las expediciones coloniales acumuladas, de todos los estatutos coloniales elaborados, de todas las circulares ministeriales expedidas, no sale airoso ni un solo valor humano.

Había que estudiar primero cómo trabaja la colonización para des-civilizar al colonizador, para embrutecerlo, en el sentido exacto de la palabra, para degradarlo, para despertarlo a sus escondidos instintos, a la codicia, a la violencia, al odio racial, al relativismo moral, y demostrar que, cada vez que en Vietnam cortan una cabeza o sacan un ojo y en Francia se acepta, violan a una muchacha y en Francia se acepta, sacrifican a un malgache y en Francia se acepta, un logro de la civilización pende con peso muerto, una regresión universal se opera, una gangrena se instala, un foco de infección se extiende, y al final de todos esos tratados violados, de todas esas mentiras propagadas, de todas esas expediciones punitivas toleradas, de todos esos prisioneros atados e “interrogados”, de todos esos patriotas torturados, al final de ese orgullo racial enardecido, al final de esa jactancia desplegada, está el veneno inoculado en las venas de Europa, y el progreso lento, pero seguro, de la salvajización del continente.

Y entonces, un buen día, la burguesía se despierta de una sacudida formidable: gestapos muy atareadas, prisiones repletas, torturadores que inventan, refinan y discuten junto a sus torniquetes.

Uno se extraña, se indigna. Uno dice: “Qué raro! ¡Pero, bah! ¡Es el nazismo, ya pasará! Y uno aguarda, y uno espera; y uno se oculta a sí mismo la verdad: que se trata de una barbarie, pero de la barbarie suprema, la que corona, la que resume la cotidianeidad de las barbaries; que es el nazismo, sí, pero que antes de ser víctima se ha sido cómplice; que a ese nazismo se le ha soportado antes de sufrirlo, que se le ha absuelto, que se han cerrado los ojos frente a él, que se le ha justificado, porque, hasta ese momento, sólo había actuado contra pueblos no europeos; que ese nazismo ha sido cultivado, que uno es el responsable, y que, antes de engullirlo en sus rojizas aguas, se filtra, penetra, gotea, por las rendijas de la cristiana civilización occidental.

Sí, valdría la pena estudiar, clínicamente, en detalle, los pasos dados por Hitler y el hitlerismo, y enterar al muy distinguido burgués del siglo xx de que lleva dentro de sí a un Hitler ignorado, que Hitler lo habita, que Hitler es su demonio, que si él, burgués, lo vitupera, no es más que por falta de lógica, y que, en el fondo, lo que no perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, la humillación del hombre blanco, y el haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas contra los que se alzaban hasta ahora sólo los árabes de Argelia, los culíes de la India y los negros de África.

Y es ése el gran reproche que hago al seudo-humanismo: el de haber aminorado por demasiado tiempo los derechos del hombre, el haber tenido sobre ellos y mantener aún un criterio estrecho y parcelario, parcializado y parcial y, en fin de cuentas, sórdidamente racista.

He hablado mucho de Hitler. Es que él se lo merece: él permite ver claro y entender que la sociedad capitalista, en su estado actual, es tan incapaz de fundamentar uno solo de los derechos de la gente, como impotente se declara de fundamentar una moral individual. Quiérase o no, al final de ese callejón sin salida que es Europa —es decir, la Europa de Adenauer, de Schuman, Bidault y otros— , está Hitler. Al final del capitalismo, ansioso de sobrevivirse, está Hitler. Al final del humanismo formal y del renunciamiento filosófico, está Hitler.

Y es entonces cuando me viene a la mente una de sus frases: “Aspiramos, no a la igualdad, sino a la dominación. El país de raza extranjera deberá convertirse en país de siervos, de jornaleros agrícolas o de trabajadores industriales. No es cuestión de suprimir las desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacerlas ley”.

Esto suena terminante, altanero, brutal y nos sitúa en pleno y aullante salvajismo. Pero bajemos un escalón.

¿Quién habla? Vergüenza me da decirlo: es el humanista occidental, el filósofo “idealista”. Que se llame Renan, es pura coincidencia. Que esto provenga de un libro titulado La reforme intellectuelle et morale, que haya sido escrito en Francia al día siguiente de terminada una guerra que, porque Francia lo quiso, fue del derecho contra la fuerza, es algo que dice mucho de las costumbres burguesas.

La regeneración de las razas inferiores o bastardas por las razas superiores, entra en el orden providencial de la humanidad. El hombre del pueblo es casi siempre, entre nosotros, un noble desclasado, su pesada mano está hecha más para el manejo de la espada que del instrumento servil. Prefiere el combate al trabajo, es decir, que regresa a su estado primero. Regere imperio populos, he ahí 8 nuestra vocación. Vuélquese esta devorante actividad sobre países que, como China, claman por la conquista extranjera. Con los aventureros que alteran la sociedad europea hágase un ver sacrum, un enjambre como el de los francos, los lombardos o los normandos, y estaremos dando a cada uno su papel. La naturaleza ha hecho una raza de obreros, la raza china, de maravillosa destreza manual y sin casi ningún sentido del honor; gobiérnesela con justicia extrayéndole, en aras de tal gobierno, un jugoso beneficio para la raza conquistadora, y se dará por satisfecha; raza de trabajadores de la tierra es el negro; séase bueno y humano con él y todo irá bien; raza de amos y de soldados es la raza europea. Redúzcase a esta noble raza a trabajar en la ergástula como negros o chinos, y se rebelará. Toda rebelión es más o menos, en nosotros, un soldado que no ha seguido su vocación, un ser hecho para la vida heroica, y que se está aplicando a tareas contrarias a su raza, mal obrero y demasiado buen soldado. Luego la vida que subleva a nuestros trabajadores haría feliz a un chino o a un fellah, seres que no son en modelo alguno militares. Haga cada uno aquello para lo que ha sido hecho, y todo irá bien.

¿Hitler? ¿Rosenberg? No, Renan.

Pero bajemos todavía otro escalón. Y es el político verboso. ¿Quién protesta? Nadie, que yo sepa, cuando Albert Sarraut, al sermonear a los alumnos de la escuela colonial, les enseña que sería pueril oponer a las empresas de colonización europeas “un pretendido derecho de ocupación y no sé qué otro derecho a un aislamiento huraño que perennizaría en manos incapaces la vana posesión de riquezas ociosas”.

¿Y quién se indigna al oír a un cierto R. P. Barde asegurar que los bienes de este mundo, “si permanecieran indefinidamente repartidos, como ocurriría caso de no haber colonización, no responderían ni a los designios de Dios, ni a las justas exigencias de la colectividad humana”? Sin olvidar, como afirma su colega en cristianismo, el R. P. Muller, “que la humanidad no debe ni puede tolerar que la incapacidad, la incuria y la pereza de los pueblos salvajes dejen indefinidamente ociosas las riquezas que Dios les ha confiado con la misión de ponerlas al servicio del bien común”.

Nadie.

Esto es, ningún escritor patentado, ningún académico, ningún predicador, ningún político, ningún cruzado del derecho y de la religión, ningún “defensor de la persona humana”.

Y sin embargo, por boca de los Sarraut y de los Barde, de los Muller y de los Renan, por boca de todos los que juzgaban y juzgan lícito aplicar a los pueblos extraeuropeos, y en beneficio de naciones más fuertes y m ejo r equipadas, “una especie de expropiación por razones de utilidad pública”. ¡Ya era Hitler quien hablaba!

¿A dónde quiere llegar? A lo siguiente: que nadie coloniza inocentemente, que nadie coloniza tampoco impunemente; que una nación que coloniza, que una nación que justifica la colonización — y por tanto la fuerza— es ya una civilización enferma, una civilización moralmente minada que, irremisiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, clama por su Hitler, o sea, por su condena.

Colonización: cabeza de playa en una civilización de la barbarie por donde, en cualquier momento, puede infiltrarse la negación simple y llana de la civilización. He sacado de la historia de las expediciones coloniales algunos rasgos que en otra parte cito con toda minuciosidad.

Para acceder a la versión completa en PDF oprima AQUI

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Aimé Césaire fue, junto con Leopoldo S. Senghor y Léon Damas, uno de los principales impulsores del movimiento de la negritud, que desde mediados de la década de 1930 reivindicó la dignidad, la profundidad y la belleza de las culturas negras cuando, en plena crisis del modelo colonial, las problemáticas ligadas a lo que después se denominaría teoría poscolonial apenas se dejaban intuir en el horizonte político de la modernidad. Escrito poco después de la Segunda Guerra Mundial, este libro constituye un desplazamiento estratégico de los presupuestos epistemológicos del universalismo occidental -que inspiran aún hoy buena parte de las opciones geopolíticas, geoeconómicas y culturales de las sociedades occidentales- y una crítica demoledora del humanismo secular, el cual se ha constituido históricamente a partir de mecanismos sistémicos brutales de exclusión y jerarquización. En este texto, Aimé Césaire nos invita a pensar el colonialismo y el racismo como vectores consustanciales del capitalismo y, por ende, de la modernidad occidental, cuyo proyecto de sociedad queda irremediablemente marcado por la construcción de sus protocolos intelectuales a partir de la invención y reproducción de la esclavitud, la racialización de los seres humanos y la colonialidad de las formas de existencia social, económica y política de las sociedades del Sur global. El libro se completa con textos escritos para la ocasión por Immanuel Wallerstein, Samir Amin, Ramón Grosfoguel, Nelson Maldonado-Torres y Walter D. Mignolo.*

*Tomado de: AKAL

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