ESTEBAN ALBERTY, ALEXANDRA SANTOS, EDWIN MUNIZ: La instalación y la creación de “lugares-signo”.

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[Rosa Irigoyen, Interferencia Intima, Instalación, 1999]

El pasado jueves 26 de junio se celebró en el Museo de Casa Blanca en el Viejo San Juan un conversatorio a propósito de la instalación como un medio contemporáneo, en el contexto de la exhibición titulada ‘El arte de la Instalación: una prehistoria’, una muestra curada por Lilliana Ramos Collado.

Tres estudiantes a nivel sub graduado de los programas de Bellas Artes e Historia del Arte compartieron sus impresiones con el público presente.

Con la intención de transmitir el espíritu crítico de la actividad, se hacen públicos aquí los textos de quienes fungieron como panelistas.

Considero muy significativa no sólo la disposición de los tres estudiantes a escribir sobre su experiencia, sino la voluntad de compartir tres miradas tan propias como dispares, pero igualmente sólidas, vitales y urgentes.

Raquel Torres-Arzola

 


Nayda-Collazo-Llorens-Ceremonia-2000-2005.-Foto-cortesía-de-la-artista.1[Nayda Collazo Lloréns, Ceremonia, Instalación, 2000-2005]

Alexandra Santos

[graduada del Recinto de Rio Piedras de la Universidad de Puerto Rico, tiene un bachillerato en Comunicaciones con una segunda concentración en Historia del Arte y electivas dirigidas al campo de las Bellas Artes. En la actualidad mantiene una práctica artística enfocada en el dibujo experimental]

 

En la actualidad la imagen no solamente se consume, si no que se consume de manera desmedida, de manera inevitable y hasta de manera inconsciente. El artista visual contemporáneo se enfrenta con cada obra ante este hecho. Entonces, si la imagen se ha vuelto banal, y el arte visual se sostiene de imágenes, debe el artista apostar por la trascendencia para transmitir su idea.

Dentro del Museo Casa Blanca en el Viejo San Juan tres obras se reparten el espacio. Varían los materiales. Los elementos que componen cada una de las piezas han sido dispuestos de manera distinta, abordan diferentes temas y sin embargo, existen varios puntos en los que coinciden las tres artistas que participan de la exhibición El arte de la instalación: una prehistoria.  Pues, más allá de que las obras hayan sido dispuestas a conversar en la misma sala, y que la artista Raquel Torres Arzola trabajara Peregrina para dicho propósito, cada una de las obras coincide, en mi opinión, en el proceso de creación. Con la obvia distinción visual y temática que diferencia cada instalación propuesta, Ceremonia, Interferencia íntima y Peregrina fueron creadas a partir de la revisión de objetos y lugares que sostienen la memoria y que se nutren del reconocimiento, la exploración y la observación de cada artista; actuando en contra de banalización de la imagen.

Por haber trabajado directamente con fotografía, puedo percibir que la acción de Rosa Irigoyen en Interferencia íntima podría hacer una crítica directa a lo planteado, tomando en cuenta que discuto exclusivamente el proceso creativo de las artistas. La imagen fotográfica se realiza tan seguido, que me asusta pensar cuántas fotografías se deben estar tomando en este momento. Sin embargo, Irigoyen toma las fotografía de un álbum familiar. Ese objeto que hemos creado y que no sé si ahora está en desuso, para guardar imágenes importantes, para revisitar en distintos momentos, para revisarle a lo largo de la vida. Y si no es una acción poética en sí la revisión de un álbum familiar, sobre todo si volvemos a pensar en la gran cantidad de fotografías que tomamos a diario, entonces lo es, cuando Irigoyen coloca las fotografías en (des)contexto.

Por otro lado, Ceremonia y Peregrina también se crean desde la revisión. Ambas artistas revisitan lugares de importancia individual, para rescatar de allí un pedazo de memoria, otorgándole significado a elementos encontrados en la localidad. Ambas obras juegan con la repetición de dichos elementos recolectados para establecer un recorrido al público, que de esta manera entra o rodea la instalación de cada artista. De este modo, ni Raquel Torres Arzola, ni Nayda Collazo sostienen sus propuestas con imágenes; la obra comienza con la acción creadora de cada una de las artistas en la visita y recolección, y culmina con el tránsito y la intervención del público a través del monumento/ documento de la memoria.

Ni Ceremonia, ni Peregrina, ni Interferencia íntima, se enfrentan ni dialogan con imagen en la actualidad; las tres piezas se han liberado de esta lucha. Collazo, Arzola e Irigoyen han apostado por la experiencia, de la cual participan ellas como creadoras, y el público como intercesores.

Esteban Alberty

[graduado del Recinto de Rio Piedras de la Universidad de Puerto Rico, tiene un Bachillerato en Idiomas y en la actualidad culmina un segundo bachillerato en Historia del Arte. Sus investigaciones han estado dirigidas hacia el consumo de la imagen en los medios de masas así como en prácticas innovadoras para la re-programación de los espacios en des/uso]

 

La teórica de arte Rosalind Krauss, comentaba en el 1979, que la flexibilidad del término “escultura” en la crítica norteamericana es una “manipulación”, con dejos historicistas, que busca asimilar obras innovadoras mediante un lenguaje establecido.  Recordemos que las vanguardias ya habían validado la conciencia constante del pasado y desprenderse de él ya era una estrategia aceptada, si no motor creativo para muchos.

Rosalind Krauss se refería, por supuesto, al reto que supone la instalación para la teoría del arte.  El juego entre materialidad y espacio, implícito en estas obras, se remonta al acto significante de erigir hitos, construcciones que convierten al tiempo-espacio en otro registro de la cultura. En la época contemporánea, la instalación recupera este proceso estructuralmente mediante la operación discursiva de delimitar un espacio, o mejor dicho, reconfigurarlo semióticamente.  La lógica del monumento ya había entrado en crisis a finales del siglo XIX y la producción escultórica modernista, exploraría aún más le deconstrucción de los conceptos de base y emplazamiento.

Este punto medio de lo cultural y lo natural, reaparece en la relación entre lo funerario y la muerte, donde la memoria también desempeña un rol fundamental que se remite a los orígenes míticos del arte, vinculados al acto de recordar a los ausentes.  Remitiéndose así a la lógica del espacio ritual, la instalación incorpora al público como agentes concretos de sentido en la creación de nuevas relaciones de significado.  “Gracias al acto de delimitar, la operación significante queda “anclada” a un sitio particular. El “lugar-signo” que surge del espacio polivalente, mediante la complicidad del público, instaura un sentido de lo extraordinario que atenta contra la cotidianidad objetiva y cronometrada en la que pretendemos vivir.

Esto es particularmente palpable en Interferencia Íntima, donde la manipulación fotográfica provee una serie de imágenes que reciclan un mismo inventario de playas, niños y sonrisas.  Como espectadores, desconocemos si estas costas existen, como “Cayo Jutía”, pero su representación compagina perfectamente con la abundancia de fotografías publicitarias y souvenirs, que interfieren con los procesos personales de memoria en el Caribe.

Ceremonia, de Nayda Collazo, provee un punto de contraste con la problematización de la memoria colectiva que plantea Irigoyen.  Reconocemos cifras en las ramas desnudas y compartimos el mismo sistema de signos que la artista, pero la transparencia visual de este círculo es engañosa.  El juego de sombras de Ceremonia, también, parece proyectar sobre la pared un código de barra, sugiriendo un sistema numérico como clave de sentido.  Nos encontramos ante un recinto ritual, pero vedado para nosotros, que desconocemos el objetivo de la ceremonia y el sistema simbólico que lo ordena.  Nos enfrentamos pues a un encierro transparente, presente como signo, pero cuyo significado no logramos precisar.  La artista exige distancia.

Por otro lado, Peregrina, de Raquel Torres Arzola, guarda paralelismos con el aura de misterio de las imágenes religiosas que han sido vandalizadas.  Los escombros en esta pieza representan un cuerpo que ha sufrido y que se remite a la ruina, un espacio conceptualmente infranqueable precisamente porque está incompleto. Los restos, en este caso, los contiene un hilo rojo que, a diferencia del hilo de Ariadna, no conduce a ninguna parte. No hay manera de completar el trayecto ideal, porque no hay salida posible. Así, están superpuestos construcción, escombro y laberinto.

La apertura devastadora que supone la ruina, donde la programación original de los espacios desaparece y las funciones del ambiente construido entran en crisis, se contrapone a la red cautelar que conforma la “peregrina”.  En este caso, el juego no puede resolverse precisamente porque está cerrado.  Como trayecto, sentido al que también se remite la palabra “peregrina”, guarda relación con las piezas Ceremonia e Interferencia Íntima, en las que la circunvalación y la contemplación de un espacio vedado también forman parte.

Rosa Irigoyen, en Interferencia Íntima, despliega una serie de paisajes inasequibles, ficticios, que también le están vedados al público.  La repetición no tiene nada de ritual esta vez.  La sucesión de escotillas, que encierra al público en su rol de espectadores, es un comentario cínico sobre cómo la mirada del turista y el desarrollador convive con los recuerdos personales.  Interferencia Íntima trastoca la memoria individual, en relación a la ludopatía que exige el consumo turístico.  Irigoyen toma la ventana del lienzo, porque el paisaje es puro encuadre, y la sustituye por el andamiaje referencial de la postal y el souvenir.  Los acontecimientos políticos y recuerdos familiares apenas pueden ser rescatados de estos cuadros de diversión perpetua, enfermiza, que provienen de un imaginario homogéneo del Caribe, un larguísimo momento “kodak”, en el que la memoria, nacional o personal, se transparenta.

La instalación genera nuevas propuestas de significado desde su materialidad y en esta instancia, nos enfrentamos a dispositivos de memoria. Sus respectivas herramientas de encierro, la escotilla, la red, el círculo y la cifra, son mecanismos que exigen que el trayecto del público se dirija a los recuerdos personales y revelan la diversidad de estrategias de intervención que son posibles mediante la creación de lugares-signo.

Edwin J. Muñiz

[graduado de dibujo y pintura de la Escuela Central de Artes Visuales, es estudiante de tercer año de Bachillerato en Escultura en la Escuela de Artes Plásticas, explora las relaciones entre la imagen, el sonido y los materiales en el contexto de los nuevos medios]

 

Una “múltiple historia”, así define Claire Bishop el desarrollo de lo que institucionalmente se estableció en la década de los noventas como la forma de arte por excelencia. En su historial, y a destiempo, ha sido influenciada por: la arquitectura, el cine, la performance, la escultura, el teatro, la escenografía, procesos de curaduría, el land art y la pintura. “En lugar de una historia”, citando a C. Bishop, “parecen haber varias otras paralelamente, cada cual adjudicando un repertorio particular de preocupaciones”. La multiplicidad de éstas es manifiesta cuando, hablando de una misma forma de arte, experimentamos, quizás simultáneamente, desde el mayor impacto visual, lo más ficticio, hasta la cancelación o uso mínimo de la percepción, y la concientización de otros sentidos. “Tan diversas formas de entender la experiencia, dice C. Bishop,“indican que un distinto acercamiento para la historia de la instalación es necesaria: una enfocada no en la temática o materialidad, sino en la experiencia del espectador.”

            La instalación es el medio o la forma de arte más habitable que he conocido. Habitable no por su capacidad de alojar personas, sino por la sensación y afección que brinda al cuerpo, experiencia única e individualizada en cada pieza. De hecho, Liliana Ramos Collado, al final del ensayo curatorial para esta exposición hace mención de una “interferencia”que se logra por medio de la pieza, entre cuerpo-artista y cuerpo-espectador. Y es que sabemos, en palabras de Francisco Javier Gil, que “la imagen es un entramado de tiempos [que] abre relaciones inesperadas; fusiona momentos y espacios […] [y] establece síntesis alejadas de las lógicas diurnas, síntesis que pueden no explicarse, pero sícomprenderse sensiblemente”.

            La muestra ante la que nos encontramos, una que trabaja colectiva e individualmente con espacios habitables y que abrazan la memoria y la intimidad como puntos de partida para el proceso de creación, hacen eco de aquel “entramado de tiempos”que se sienten pero no se explican. Podemos captar algo de ello en el acto de recolectar: juntar personas o cosas dispersas. Por un lado Nayda recolecta un número de ramas secas, aludiendo quizás a un monte ya extinto, mientras que Raquel acumula escombros de alguna notoria y ordinaria destrucción en la isla, y Rosa, por otro lado, atesora aquél album fotográfico donde abundan los recuerdos/souvenirs. Todas unas representaciones de memorias atesoradas a través de la recolección.

            Antes de continuar con lo que aquí  habitamos, me gustaría hacer un paréntesis que al parecer no puedo obviar. Y es que estos trabajos, de alguna manera me remiten a Félix González Torres. No sólo porque experimentó con el medio de la instalación a través del cumulo de dulces o estibas de papeles o bombillas, sino porque igualmente, la memoria y el asunto frágil de lo íntimo resultan ser agentes de gran peso en su proceso creativo. Félix, a través de Rainer Maria Rilke y el concepto de “sangre-recuerdo”, reconoce que “la manifestación artística debe reflejar las complejidades de la vida, tomar conciencia de los innumerables sucesos que ocurren y luego se olvidan, sólo para ser recordados nuevamente de una manera distinta”. Sabiendo lo cercano que trabajóa la muerte, y con muestras tan sutiles como la de dos relojes sincronizados, colocados uno al lado del otro, observando su asincronía al pasar del tiempo; es que cierro el paréntesis.

            De vuelta a este espacio, y en conversación con el trabajo de Félix González Torres, podemos entender que con el acto de recolectar viene el reconocimiento de la ausencia o la pérdida. También que la instalación, por sus múltiples condiciones históricas, permite el acceso a lugares inciertos. Y además que las infinidades representativas en una forma de arte como ésta implican cada vez más un lapso mayor de tiempo en el ‘entramado’ que “abre relaciones inesperadas”. Así, estas tres piezas: Ceremonia, Peregrina e Interferencia íntima resultan ser intentos de recordación, cada cual a su manera, aludiendo a espacios y prácticas tal vez lejanas en la vida de estas tres mujeres artistas.

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[Raquel Torres-Arzola, Peregrina, Instalación, 2014]

La muestra titulada “El arte de la instalación: una pre-historia” inauguró el pasado 20 de marzo del 2014 con las piezas de las artistas Nayda Collazo Lloréns y Rosa Irigoyen. Después de la inauguración, la artista y editora de este Blog, Raquel Torres-Arzola, realizó una pieza en respuesta y diálogo a la lectura curatorial y a  las piezas  expuestas en sala.

La muestra podrá visitarse hasta el finales del mes de julio en el Museo de Casa Blanca, Viejo San Juan.

 

 

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[Vistas parciales de la exhibición en su etapa inicial]

 

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